Mientras la borrasca INGRID avanzaba sobre la capital ralentizando el pulso de la ciudad —dicen los sabios que año de nieve, año de bienes—, en el interior de IFEMA se abría un portal simbólico hacia uno de los universos culturales más fascinantes que ha conocido la humanidad. Egipto no solo acudía a FITUR: Egipto se manifestaba.
En el pasillo que conducía al pabellón 12, donde se encontraba FITUR NEXT, el visitante dejaba atrás el ruido del presente para adentrarse, casi sin darse cuenta, en un corredor ceremonial. A ambos lados, dos salas cuidadosamente dispuestas albergaban tesoros que parecían haber sido rescatados directamente del más allá: sandalias doradas, máscaras funerarias, sarcófagos, momias, relieves y objetos rituales que no solo se mostraban, sino que interpelaban.
No era una exposición al uso. Era un umbral.
En la cultura egipcia, nada comienza de forma abrupta. Todo tránsito —de la vida a la muerte, de la ignorancia al conocimiento, del caos al orden— exige un rito de paso. Y ese pasillo, en pleno corazón de la feria internacional de turismo más importante del mundo, funcionaba exactamente así.
El visitante se convertía en iniciado.
Las luces, medidas y cálidas, acariciaban el oro viejo de las sandalias funerarias, símbolo del viaje que el difunto debía emprender hacia la Duat, el inframundo egipcio. No eran simples objetos decorativos: eran herramientas para la eternidad. En Egipto, caminar después de la muerte era tan importante como hacerlo en vida.
Las máscaras funerarias, con sus rasgos serenos y eternamente jóvenes, recordaban que el rostro debía ser preservado para que el ka y el ba, las dos dimensiones del alma, pudieran reconocerse y reunirse cada noche. Sin rostro no hay retorno. Sin memoria, no hay eternidad.
El oro, omnipresente en la muestra, no era símbolo de riqueza, sino de divinidad. Para los antiguos egipcios, el oro era la carne de los dioses, un material incorruptible como el sol, como Ra. Cada pieza expuesta hablaba de una civilización obsesionada no con la muerte, sino con la continuidad. Los sarcófagos, profusamente decorados con textos sagrados y escenas rituales, actuaban como libros tridimensionales. En ellos se narraba el viaje del difunto, las pruebas que debía superar, los nombres secretos que debía pronunciar para atravesar puertas custodiadas por deidades híbridas, mitad hombre mitad animal.
Nada se dejaba al azar. La muerte, en Egipto, era un proceso administrativo, mágico y profundamente espiritual.
Ante las momias, el silencio se imponía de forma natural. No por morbo, sino por respeto. La momificación no era una técnica macabra, sino un acto de amor y de fe. Preservar el cuerpo era garantizar que el alma tuviera un hogar al que regresar. Vendajes, amuletos, escarabeos colocados sobre el corazón… Cada detalle respondía a un conocimiento preciso transmitido durante milenios. El corazón, sede de la conciencia, debía pesar menos que la pluma de Maat en el juicio final. Si fallaba, la devoradora Ammit esperaba. Contemplar esto en Madrid, en medio de una feria de turismo, generaba una
paradoja poderosa: el pasado más remoto dialogando con el futuro del viaje.
Esta experiencia inmersiva no era casual. Egipto acudía a FITUR para presentar al mundo la réplica conceptual y simbólica del Gran Museo Egipcio (GEM), inaugurado a finales de 2025 a los pies de las pirámides de Guiza. Un museo llamado a convertirse en el mayor complejo arqueológico del mundo,
no solo por su tamaño, sino por su ambición narrativa y tecnológica. El GEM no es un contenedor de piezas, sino un relato continuo que conecta pasado, presente y futuro. Egipto lanza así un mensaje claro al sector turístico internacional: su patrimonio no es estático, es vivo, innovador y competitivo.
2026: el año en que Egipto compite en la cima del turismo mundial
Con la apertura total del Gran Museo Egipcio, 2026 se perfila como un año clave.
Egipto no solo aspira a aumentar cifras de visitantes, sino a reposicionarse como una potencia cultural y turística capaz de competir con los grandes destinos globales.
La apuesta es clara:
– Experiencias inmersivas
– Relato histórico riguroso
– Tecnología al servicio de la emoción
– Turismo cultural de alto valor
La presencia en FITUR, y especialmente este montaje previo al pabellón 12, fue una declaración de intenciones. Egipto no espera a que el visitante llegue: sale a su encuentro y espero poder visitarlo pronto.
Que esta experiencia se ubicara en el acceso a FITUR NEXT no es anecdótico. FITUR NEXT habla de futuro, de sostenibilidad, de innovación, de nuevas formas de viajar. Egipto, con más de 5.000 años de historia documentada, recordaba algo esencial: no hay futuro sin pasado.
La civilización egipcia fue pionera en planificación urbana, gestión del agua, arquitectura monumental, simbolismo político y espiritualidad compleja. Su legado no es un vestigio, es una fuente de aprendizaje. Mientras a Madrid llegaba la borrasca INGRID, dentro de IFEMA el tiempo se suspendía. El frío exterior contrastaba con el dorado interior, como si el invierno europeo rindiera homenaje al sol eterno del Nilo.
“Año de nieve, año de bienes”, dice el refrán. Y quizá no sea casual que Egipto eligiera este momento para sembrar, en pleno invierno, la semilla de uno de los grandes relatos turísticos de 2026.
Lo que Egipto trajo a FITUR no fue una exposición, fue una invocación cultural. Cada visitante que cruzó ese pasillo realizó, sin saberlo, un pequeño ritual de tránsito. Del ruido al silencio. De la prisa a la contemplación. Del presente efímero la eternidad. Egipto recordó al mundo que viajar no es solo desplazarse, sino recordar quiénes somos y de dónde venimos.
Y en FITUR 2026, entre pabellones y agendas, entre negocios y tendencias, el Antiguo Egipto volvió a cumplir su misión milenaria: enseñar a la humanidad a mirar más allá de la muerte… y más allá del turismo convencional.

Fuente: Prensa IFEMA
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